Una botella con alma hablando a tu piel
Desde los Montes de Toledo nos llega la botella Braille, alma y chispa de estas anécdotas.
El otro día estaba tan tranquilo en mi mesa, cuando se me acercó el camarero.
—¿Qué va a beber? —me preguntó.
—Un agua, por favor, sin más —le dije.
—Aquí la tiene —respondió, dejando sobre la mesa una botella de cristal.
Era de un agua venida de un manantial de los Montes de Toledo (si os pica la curiosidad: https://aguanumen.com/). Le di la vuelta sin pensar, admirando los preciosos contornos de la botella, y entonces lo vi: unos puntitos grabados en la base. Eran Braille, un código secreto e invisible, hecho para ser sentido, no visto. ¡Qué detalle tan sutil! Era un gesto pequeño, algo tan sencillo y solidario que me tocó la fibra. Un guiño a quien no puede ver, pero sí siente. A veces, un simple gesto —como esos puntitos en una botella— nos recuerda que el arte, la empatía y la solidaridad habitan en lo pequeño, en esas cosas que parecen mínimas, pero tienen una gran repercusión enorme para muchas personas.
Cerré los ojos y pasé los dedos por esos puntitos, imaginando lo que sería leer así… sentir las palabras sin verlas, como si cada puntito tuviera su propia voz y hablara directo a la piel. Era como tocar el silencio y que te contara una historia. Y sin quererlo, en ese momento, me vinieron dos nombres directos al corazón:
Vicente “El Granaíno” y La Niña de la Puebla.
Vicente “El Granaíno” y su sabiduría sonora
Hay quienes no ven, pero lo oyen (y lo sienten) todo. Y otros, que viendo, no se enteran de nada.
Anécdota:
Lo demás ya lo oigo yo.
Al llegar a una fiesta privada con su guitarra y su bastón, alguien quiso ayudarle a sentarse. Vicente respondió:
—No hace falta. Ponedme donde suene bien la guitarra. Lo demás ya lo oigo yo.
Anécdota:
Actuación en la Casa Blanca: Durante una gira por Estados Unidos, Vicente ofreció un concierto en Nueva York al que asistió el entonces presidente Dwight D. Eisenhower. Impresionado por su talento, Eisenhower le obsequió un perro guía, un gesto que refleja el reconocimiento y la admiración que despertaba su arte.
Fuente: El arte de vivir flamenco
Acompañó a Antonio Mairena, Canalejas de Puerto Real, Rocío Jurado, Perlita de Huelva, Juanito Maravillas, Alfredo Arrebola… Tenía ese don de adaptarse al cante de cada uno y hacerlo brillar. Por eso se ganó el respeto de todos y se convirtió en un guitarrista muy querido y admirado en el mundo del flamenco. Falleció en 1972.
La Niña de la Puebla
La Niña de la Puebla, que en verdad se llamaba Dolores Jiménez Alcántara, nació en La Puebla de Cazalla, allá por 1908. A los pocos días de venir al mundo, un colirio mal hecho le arrebató la vista, pero no el alma ni el arte. Con esa fuerza que solo tienen los grandes, hizo de su ceguera una luz distinta, que le salía por la garganta cada vez que se ponía a cantar. Sus fandangos, sus campanilleros… eso no eran canciones, eran pura miel, con una afinación de voz perfecta.
Cantó por toda España, dejando siempre ese regusto a verdad que solo tienen los que sienten hondo. Y aunque nos dejó en 1999, su voz sigue ahí, viva, como si nos cantara al oído desde otra orilla.
La Niña de la Puebla, con la guitarra de Ramón de Algeciras
En los pueblos
En los pueblos de mi Andalucía
Los campanilleros por la madrugá
Me despiertan con sus campanillas
Y con las guitarras me hacen llorar
Los campanilleros eran (y siguen siendo en algunos pueblos) grupos de devotos o músicos populares que, especialmente en Andalucía, recorrían las calles de madrugada o en fechas señaladas —como el tiempo de Adviento o la Semana Santa— cantando coplas religiosas al son de campanillas, panderetas y otros instrumentos sencillos.
Tuve la suerte de acompañarla en varias actuaciones en Barcelona, y hasta grabamos un disco juntos en una tarde, del tirón.
En este vídeo, la voz de La Niña de la Puebla resuena mientras un servidor, a la guitarra, acompaña su cante. Un honor que me llena de orgullo.
Anécdota:
Los rateros arrepentidos (1936)
En Málaga, en 1936, unos ladrones robaron piezas del automóvil de La Niña de la Puebla mientras estaba estacionado frente a un hotel. Al enterarse de que el coche pertenecía a la famosa cantaora ciega, los rateros decidieron devolver lo sustraído por respeto y compasión. Sin embargo, fueron sorprendidos por un sereno mientras intentaban reintegrar las piezas y terminaron detenidos. Esta historia refleja la enorme admiración que despertaba su figura, incluso entre quienes no la conocían personalmente.
Anécdota:
La Niña de la Puebla y su genio andaluz
En una fonda, un parroquiano murmuró:
—Canta bien, pero claro, la pobre está ciega.
Y ella, sin dudarlo:
—¡Y usted, que ve, no canta ni pa espantar moscas!
Dedicado a quienes, sin ver, nos han enseñado a mirar más hondo.
Rafael Cañizares










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