Melchor de Marchena – El Eco del Toque
Hoy me siento con vosotros, como si estuviéramos en un patio de Marchena, con una guitarra sonando de fondo y el calorcillo de una candela cerca. Os quiero hablar de Melchor de Marchena, un hombre que tocaba con todo el corazón y que, sin gritar ni buscar fama, dejó una huella que todavía nos pone la piel de gallina. Poneos cómodos, que esta historia hay que disfrutarla poco a poco.
Un gitano nace con el flamenco en las venas
Todo empieza el 17 de julio de 1907, cuando Melchor Jiménez Torres nace en Marchena, Sevilla, en la Plaza Ducal, un rincón donde el flamenco era el pan de cada día. Llega a una familia gitana que vivía el arte en las venas: su padre, «El Lico», rasgueaba la guitarra; su madre, «La Josefita», cantaba en las fiestas familiares con esa hondura que te quiebra; y su tía, «La Gilica de Marchena», era una soleadora tan grande que dejó dos estilos propios para la historia. Sus hermanos, Miguel «el Bizco» y «Chicho Melchor», también tocaban, así que imaginad esa casa: un hervidero de cuerdas, cantes y duende donde Melchor creció como pez en el agua.
De pequeño, en los primeros años del siglo XX, no tuvo escuelas ni partituras. Aprendió como se aprendía entonces: mirando y escuchando. Su padre y sus hermanos le enseñaron el camino, pero también se fijó en Javier Molina y en Manolo de Huelva, a quien Melchor mismo llamaba «el mejor». Con su oído afilado y esas influencias, empezó a sacar un toque sobrio, profundo, muy suyo, que no competía con el cante, sino que lo arropaba como un abrazo.
De Marchena a Madrid: el toque toma forma
En su juventud, allá por los años 20, la vida lo llevó a Madrid. Su familia se mudó, y él se metió de cabeza en los ambientes flamencos de la capital: cafés cantantes, patios gitanos, reuniones familiares. Ahí empezó a pulir ese «toque gitano» que lo haría único: pausado, con silencios que pesaban, y un duende que te calaba hasta los huesos. No tocaba para lucirse; tocaba para que el cantaor brillara, y eso ya lo hacía especial.
La Edad de Oro y los primeros grandes pasos
Llegaron los años 30 y 40, y Melchor se plantó como un pilar del flamenco. Después de la Guerra Civil, entró en la compañía de Concha Piquer, recorriendo España con su guitarra. Luego se unió a Manolo Caracol, y juntos cruzaron América, llevando el jondo más allá del mar. Acompañó a los grandes de la Edad de Oro: La Niña de los Peines (Pastora Pavón), Tomás Pavón, Niño León, Pepe Pinto, Manuel Torre, El Perro de Paterna… Su toque era perfecto, justo lo necesario, con una sensibilidad que entendía cada voz. Grabó con ellos, dejando huellas de esa época dorada que aún suenan en los archivos.
En 1947, su guitarra saltó a la pantalla en La Lola se va a los puertos. No era de los que buscaban protagonismo, pero ahí estaba, tocando como si estuviera en un tablao, y el cine lo llevó a más oídos.
Un hijo y los años dorados del acompañamiento
El año 1950 trajo una alegría grande: nació su hijo, Enrique de Melchor, un pequeño que años después heredaría su arte y lo llevaría a nuevas generaciones. Mientras, en los años 50, Melchor seguía siendo el rey del acompañamiento. En Madrid, su guitarra era fija en tablaos como Villa Rosa y Corral de la Morería, y luego se convirtió en el primer guitarrista del tablao Los Canasteros hasta 1970. Acompañó a una lista interminable de genios: Antonio Mairena, Pericón de Cádiz, Luis Caballero, Jacinto Almadén, José Menese, Juanito Valderrama… Caracol y Mairena se lo disputaban en actuaciones y grabaciones, porque su toque era un torrente de arte profundo, como decía Manuel Barrios, «un poema vivo, con mimbre y musgo».
Melchor en el tablao Los Canasteros, con Manolo Caracol
Reconocimientos y un puente entre épocas
En los años 60, su legado se hizo aún más grande. En 1960, grabó una bulería con Niño Ricardo que aún resuena. En 1963, dejó joyas como Duendes del Cante de Triana, Noches de la Alameda y Tangos de Andalucía, discos donde su guitarra brilla por soleá, seguiriyas y tientos. No seguía las corrientes modernas; él era fiel a los viejos moldes, a las guitarras sin amplificar, al sonido puro y hondo.
En 1966, la Cátedra de Flamencología de Jerez le dio el Premio Nacional de Guitarra Flamenca, un reconocimiento a toda una vida al servicio del toque tradicional. Ese mismo año, volvió al cine con Los duendes de Andalucía, y en 1967, su guitarra sonó en Octubre en Madrid.
Un encuentro histórico y el adiós
El 1973 fue especial: grabó con su hijo Enrique el disco Tesoros de la guitarra gitana-andaluza, uniendo generaciones. Ese año, Manolo Caracol le cedió dos temas en Una historia del cante para que dejara su sello por soleá y seguiriya. También lo vimos en el programa Rito y Geografía del Cante, donde se le reconoció como un puente vivo entre la Edad de Oro y la Etapa de Revalorización del flamenco. José María Velázquez-Gaztelu lo dijo claro: Melchor era el enlace entre dos mundos del arte jondo.
En 1974, llegó un momento inolvidable: tocó en el Festival del Cante de las Minas en La Unión junto a Paco de Lucía. Imaginaos eso: Melchor, con su toque primitivo, lleno de lágrimas, y Paco, con su genio brillante y nuevo. Dos maneras distintas de entender la guitarra, pero un respeto mutuo que dejó al público con el alma en vilo.
Melchor prefería las reuniones pequeñas, cerrar los ojos y tocar con guitarras de sonido profundo, sin micrófonos ni adornos. Su toque era único, como dice El Arte de Vivir el Flamenco: sabía ajustarse al cantaor con personalidad y sabiduría. Creó falsetas propias que aún se estudian, y su concepto del ritmo sigue siendo una escuela para los que vienen detrás.
Y así llegamos a 1980, cuando el 12 de marzo Melchor se nos fue en Madrid. Cerró los ojos, pero su guitarra no se calló. Su hijo Enrique, que se nos fue en 2012, llevó su legado adelante con un estilo más pulido. Hoy, Melchor de Marchena sigue vivo en cada soleá que nos remueve, en cada seguiriya que nos quiebra. Su toque, sobrio y hondo, es un eco que no se apaga, un pedazo de duende gitano que nos abraza desde el pasado.
Un legado que no muere
Así que, amigos, buscad sus grabaciones con Mairena por seguiriyas o con La Niña de los Peines por soleá. Mirad las fotos en los archivos de RTVE o el Centro Andaluz de Documentación del Flamenco. Melchor fue un tocaor que vivió por y para el cante, un puente entre la Edad de Oro y el renacer del flamenco. Su guitarra sigue sonando en la memoria del jondo, y yo, con estas letras garabateadas, solo espero hacerle justicia.
Audio: Un fragmento de Melchor con Antonio Mairena por seguiriyas, para cerrar con su esencia











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