Dejarse influenciar también forma parte del toque

Cuando uno empieza con la guitarra flamenca, lo primero que se quiere es buscarse la vida por su cuenta y aprender en cuatro días. Luego se da uno cuenta de que esto no es coser y cantar, que aquí no basta con echarle ganas y tirar pa’lante. El flamenco no es un camino recto, ni rápido, ni mucho menos solitario.

Al principio crees que con un par de vídeos, una falseta que suene bonita y un poco de maña, ya puedes ir tirando. Y algo haces, claro. Pero pronto empiezas a notar que el toque no se construye solo con dedos: también con oreja, con corazón y con humildad.

He visto a muchos —y a muchas— darse la paliza en casa, dale que te pego, sin que nadie les diga que llevan el pulgar como un clavo o que el compás se les va por los cerros de Úbeda. Y lo peor: que por mucho que aprieten, el duende no aparece. Porque el duende no se deja atrapar a la fuerza. Hay que saber escucharlo, y para eso, a veces, hay que dejarse influenciar.

Sí, has leído bien: influenciar. Dejarse empapar por lo que otros saben, por lo que otros sienten. Por el giro de un maestro, por la manera de acentuar de un compañero, por una grabación antigua que te remueve las entrañas. El toque no solo se saca de dentro. También se recoge de fuera.

Eso sí: no vale cualquiera. Igual que no te comes cualquier puchero, tampoco te tragas cualquier consejo. Hay quienes te sueltan un “olé” que suena más a freno que a empuje. Y hay quienes, por no verte volar más alto, prefieren tenerte entretenido. Por eso, igual que aprendes a distinguir entre una bulería por soleá y una por derecho, también hay que aprender a distinguir entre quien te da luz y quien te echa sombra.

Dejarse influenciar no es copiar, ni perder tu personalidad. Es abrirte a que otros dejen una huella en ti sin borrar la tuya. Es como el vino: se hace con uva propia, pero se cría en barrica. Y esa barrica, si es buena, le da carácter.

Y no se trata de volverse un pupilo eterno, de esos que no se atreven a dar un paso sin preguntar. No. Aquí hay que meterle horas, tropezar, rascarse las rodillas y volverse a levantar. Pero también hay que saber cuándo alguien te puede señalar una puerta que tú llevas meses empujando sin que se abra.

Aceptar que uno no lo sabe todo no te hace menos guitarrista. Te hace más sabio. Porque en el flamenco, como en la vida, el que se cree que ya lo sabe todo, deja de aprender. Y el que se deja influenciar con humildad, se va haciendo grande sin darse cuenta.

Y lo más bonito es que muchas veces esa influencia que te enciende la mecha no viene de quien tú esperabas. Puede ser un maestro con las manos gastadas, un chaval que te enseña algo sin querer, o una frase que escuchas en mitad de un ensayo y se te queda dando vueltas como un bordón vibrando.

Además, esto del flamenco no es una carrera de velocidad. Aquí no gana el que corre más, sino el que aguanta con compás, afina con cariño y se deja moldear sin perder la esencia. El que escucha más de lo que habla y toca con más verdad que técnica.

Porque sí, al final todo se nota. Cómo tocas, cómo miras, cómo aprendes. Se nota si estudias con humildad, si aceptas una corrección sin venirse abajo ni subirte a un pedestal. Y cuando eso ocurre, los buenos se acercan, los grandes te dan la mano, y tu guitarra empieza a sonar con verdad.

Porque dejarse influenciar no es rendirse. Es madurar. Es crecer.
Y en esta forma de vivir que es el flamenco, eso también forma parte del toque.

Por Rafael Cañizares

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