Paco Cepero: Raíz y Compás en el Arte Flamenco
Una vida en el flamenco
Paco Cepero
A la hora de hacer balance de esos 60 años de carrera, dijo que “no quitaría nada. Me ha valido todo”, pese a que los primeros tiempos no fueron muy agradables.
“Todos los años han sido buenos”,
Paco Cepero (Francisco López-Cepero García) nació el 6 de marzo de 1942 en el barrio de San Miguel, en Jerez de la Frontera. No fue un guitarrista que llegara al flamenco: nació dentro de él. Su familia estaba vinculada al cante —emparentado con el cantaor José Cepero— y el tabanco de su padre fue su primer conservatorio.
En aquellos espacios no existía método escrito, pero sí jerarquía: el cante era la autoridad y la guitarra su arquitectura. Esa concepción del toque como sostén y estructura lo acompañaría toda la vida. Desde pequeño observaba fascinado a los guitarristas que pasaban por el tabanco familiar, donde se reunían artistas y aficionados. A los seis o siete años ya había despertado su vocación definitiva.
Su tío abuelo, gran cantaor de fandangos personales, llegó a advertirle: “hijo, no te dediques a esto como profesión”. Pero el destino estaba echado.
Se formó con el maestro jerezano Javier Molina, heredero de la escuela clásica andaluza, y con Rafael del Águila —conocido como Rafael el Gallo—, de quien aprendió a “sentir la guitarra en el estómago”. De esa doble influencia nace su sello: claridad armónica, limpieza técnica y una colocación exacta del acorde. No fue un revolucionario del virtuosismo, sino un constructor de estructura, con un compás jerezano brillante y una capacidad para resolver laberintos musicales sin exceso ni artificio.
Debutó profesionalmente en 1958, con apenas 16 años, en el Gran Teatro Falla de Cádiz. No fue una anécdota juvenil, sino el comienzo real de una carrera que no ha conocido interrupciones. En aquellos primeros años participó en fiestas locales, funciones benéficas y giras por la provincia gaditana, acompañando a artistas como La Paquera de Jerez.
Su estilo, profundamente marcado por la tradición familiar y la enseñanza de sus maestros, mostraba ya un flamenco puro, de energía contenida pero intensa, en el que la guitarra podía asumir protagonismo escénico sin invadir jamás el espacio del cante.
Madrid: consolidación y madurez artística
En 1963 se instala definitivamente en Madrid e ingresa en el elenco del tablao Los Canasteros, propiedad de Manolo Caracol, uno de los centros neurálgicos del flamenco en la capital. Allí coincidían figuras del cante, el baile y la guitarra en plena efervescencia de los años sesenta, en un momento en que el tablao era escuela, escaparate y campo de batalla artístico al mismo tiempo.
Cepero permanecería más de treinta y cinco años en Madrid, consolidándose como uno de los acompañantes más solicitados del panorama flamenco. Desde allí recorrió Europa, América y Asia en giras internacionales, cuando el flamenco comenzaba a afirmarse como espectáculo global, alternando actuaciones en tablaos, salas y festivales, y desarrollando también su faceta como guitarrista de concierto a partir de los años setenta.
Su toque empezó a identificarse por una cualidad esencial: la seguridad. No pierde el compás, no invade el espacio del cantaor, no exagera el gesto musical. En Madrid terminó de forjar una madurez artística que, sin abandonar la raíz jerezana, incorporó con naturalidad ciertas sonoridades árabes y latinoamericanas en acordes y adornos. Como él mismo ha reconocido, “he estudiado muchos años de mi vida en los tablaos, ahí sí”, una frase que resume mejor que ninguna otra el verdadero laboratorio de su formación.
El guitarrista del cante grande
Paco Cepero y Paco de Lucía, de gira por Alemania. Rancapino y Paco Cepero.
Acompañó a algunos de los nombres más importantes del flamenco del siglo XX: Camarón de la Isla —a quien fue el primero en tocarle profesionalmente—, El Lebrijano, Tío Borrico, Rancapino, Pansequito, Juanito Villar, José el de la Tomasa, Chiquetete, Santiago Donday, La Marelu, El Terremoto, La Perla de Cádiz y el propio Manolo Caracol. Con El Lebrijano participó en recitales junto a formaciones de música árabe, ampliando horizontes sin perder la raíz.
Con Camarón dejó grabaciones memorables, especialmente en fandangos y cantes libres donde su acompañamiento demuestra un dominio absoluto del aire sin perder firmeza armónica. Su conocimiento del cante era profundo y práctico, de tablao y madrugada.
En las bulerías por soleá, su forma de resolver por medio es escuela. En los fandangos naturales, su toque es ejemplo de cómo sostener sin interferir. En la soleá, el silencio aparece medido, colocado con intención. Cepero no acompaña “por detrás”; construye el espacio donde el cante respira, como un sastre que ajusta cada compás a la voz que tiene delante, en la estela de Caracol y Mairena.
En el ámbito discográfico participó en trabajos emblemáticos como el debut de El Turronero, Y primero el compás (1970), junto a Antonio Arenas, colaborando en sus grabaciones hasta 1984 y compartiendo estudio en numerosas ocasiones con Enrique de Melchor. Su presencia en aquellos discos no era ornamental: era estructural.
Compositor prolífico y productor
Paco Cepero ha compuesto más de 800 obras entre canciones y piezas flamencas. Ha sido productor musical y arreglista en una etapa clave de la industria discográfica española. Trabajó con Rocío Jurado, Julio Iglesias, Manolo Escobar, José José, Lolita, Rosa Morena, Isabel Pantoja, María Jiménez, Los Chichos (álbum completo Porque nos queremos, 1987) y Samuel Serrano (2017, y una bulería taurina en 2025 dedicada a toreros como Manzanares, Curro, Morante, de Paula y Borja Jiménez).
En 1982 compuso “Él”, interpretada por Lucía en Eurovisión, representando a España y quedando en 10º lugar. También ha compuesto marchas para hermandades jerezanas como la Yedra Coronada, la Amargura y el Señor Flagelado, obras para la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, y una pieza para el papa Francisco en 2015 durante un homenaje a los gitanos.
Su catálogo no es marginal dentro del flamenco: es transversal. Fue colaborador fundamental en el desarrollo musical de Chiquetete (debut en 1977, con temas como «Gitana canastera») y participó en discos clave de los años setenta.
Composiciones como los tangos aflamencados para La Marelu o melodías que, según él mismo dice, “salen sin querer”, reflejan su intuición creativa. “Me sale la melodía sin querer”, afirma, tanteando la guitarra para “ver cómo estoy de manos”.
Cepero siempre ha defendido la cultura del trabajo: “Una vez te puede tocar la lotería, pero tantas veces y en todos los palos…”. En un período dejó la guitarra para centrarse en composiciones más rentables, pero regresó con éxitos como Agua Marina, reafirmando su vínculo con el toque.
Su debut en solitario llega con Amuleto (1977). En un contexto dominado por la revolución técnica de la guitarra moderna, Cepero opta por mantener una línea personal basada en la melodía y la claridad estructural.
A lo largo de las décadas publica De pura cepa (2000, con “Agua Marina” —rumba flamenca— y “Noche Andalusí”), Corazón y bordón (2004), Abolengo (2007), Suite Gades (2012, obra conmemorativa del Bicentenario de la Constitución de Cádiz), Sueño Latino (2017, en colaboración con Paco Morillo y con incursiones en sonoridades latinas), Vivencias (2021, con “Hechizo Andaluz”, “A mi aire” y “Sinfonía Andaluza”) y Made in Cepero (2023, con piezas como “Estrella de Mar” y “Avellaneda”).
En sus trabajos más recientes no hay nostalgia: hay síntesis. La guitarra suena más desnuda, más directa. Es el toque de alguien que no necesita demostrar, sino decir.
Además, participó en grabaciones familiares como Grabaciones Discos Pizarra – Año 1930 con José Cepero, un guiño a su linaje artístico. Sus álbumes acumulan millones de escuchas en plataformas digitales, confirmando la vigencia de su obra.
Entrevista del maestro en Expoflamenco
Reconocimientos
Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Jerez (1975) y el Premio Nacional de Córdoba (1977), además del Castillete de Oro de La Unión y el Yunque de Oro de Ceuta. También obtuvo el Premio Melchor de Marchena de Acompañamiento y el Cabal de Plata del Círculo de Bellas Artes (1999).
En 2003 fue distinguido con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, a la que siguieron la Placa de Oro de la Provincia de Cádiz (2006) y su nombramiento como Académico de la Real Academia San Dionisio (2012). Posteriormente recibió el Premio Compás del Cante (2014), así como reconocimientos como Camarón de Oro, Leyenda del Flamenco y Gaditano del Año.
En 2017 le fue concedida la Medalla de Andalucía, junto a distinciones como la Yerbabuena de Plata y la Palma de Plata en El Rubio. En 2018 recibió la Medalla al Mérito del Trabajo y en 2019 fue nombrado Hijo Predilecto de Jerez.
Más recientemente ha sido distinguido con el Bordón Honorífico del Festival del Cante de las Minas (2022), el Premio Andalucía del Flamenco (2022), el Premio Paco Toronjo Leyendas del Flamenco (2025), el Premio Andalucía Excelente en Trayectoria Musical (2025) y el Premio Cultural de la Fundación Cádiz CF (2025).
Estos reconocimientos no son protocolares: consolidan su figura como referente histórico del toque. Como él mismo ha afirmado, “tengo todos los reconocimientos que puede tener un artista”, destacando la Medalla de Andalucía como una espinita clavada finalmente resuelta
Regreso a Jerez y vida actual
Tras más de tres décadas en Madrid, regresa a su ciudad natal. No lo hace como retirada, sino como un retorno consciente a la raíz. Vuelve a Jerez con la serenidad de quien ha recorrido escenarios internacionales y decide cerrar el círculo en el mismo barrio donde comenzó todo.
Sigue componiendo, actuando y participando en eventos culturales, como su concierto en el Teatro de la Zarzuela en 2025, una cita que no planteó como despedida, sino como continuidad natural de sus inquietudes artísticas. En 2015 actuó ante el papa Francisco junto a otros artistas gitanos, en un acto cargado de simbolismo dentro de su trayectoria internacional.
A sus ochenta y tres años mantiene una actividad constante, impartiendo clases a guitarristas flamencos y trabajando en nuevos proyectos, desde incursiones en la música sefardí hasta la elaboración de un adagio. No es una figura congelada en el homenaje, sino un músico en ejercicio.
En entrevistas recientes ha reflexionado con franqueza sobre la evolución de la guitarra flamenca. Critica la técnica entendida como exhibición y advierte que la velocidad, cuando se convierte en fin, puede vaciar de contenido al toque. “La técnica y la velocidad de ahora la veo para el circo, prefabricado como la IA”, ha señalado, aunque reconoce que los jóvenes poseen “una formación estupenda, como nunca”. Su advertencia no es nostalgia, sino una llamada a no perder el sabor flamenco.
El lugar de Paco Cepero en la historia
Si situamos la guitarra flamenca del siglo XX como un mapa, Paco Cepero ocupa un territorio muy definido. No es el de la ruptura radical ni el del virtuosismo expansivo entendido como exhibición. Su lugar está en la solidez estructural del acompañamiento clásico elevada a categoría de arte.
Su legado no se mide por la velocidad, sino por el equilibrio. En su toque el compás sostiene, la armonización respira dentro de la tradición, el acorde aparece exactamente cuando el cantaor lo marca y la construcción sonora evita el exceso. No hay artificio superfluo, hay intención.
Para el estudiante serio de guitarra flamenca, su obra constituye una verdadera escuela: una lección de medida, de escucha y de respeto. En tiempos de exhibición constante, esa enseñanza resulta más necesaria que nunca.
Su influencia se percibe en generaciones actuales que, aun explorando nuevos lenguajes y escenarios, siguen encontrando en su toque un modelo de firmeza y coherencia. Paco Cepero encarna una forma de entender el flamenco donde la raíz y la inteligencia no se oponen, sino que se equilibran.
Y esto no lo digo desde la teoría.
Una tarde de hace más de cuarenta años, allá por los ochenta y pico, compartí escenario con Paco Cepero en el Palacio de los Deportes de Barcelona, en un festival de cante. Yo iba con toda la energía de la juventud, con ganas de hacerlo todo, de tocarlo todo… y seguramente un poco acelerado.
En un momento de la actuación coincidimos en el camerino. Fue algo rápido, sin ceremonia. Me miró y me dijo:
«Muy bien… pero tienes que tocar más tranquilo, más sentado».
Nada más. Sin discursos ni teorías.
Volví al escenario y seguí tocando. Pero con el tiempo entendí lo que me estaba diciendo. No era cosa de postura. Era de calma. De compás. De no correr por querer demostrar. De dejar que el cante mande.
Ese comentario, dicho sin ruido y sin ganas de impresionar a nadie, me ayudó mucho más que muchos aplausos. Los maestros no te dicen lo que te halaga; te dicen lo que te hace crecer. Y aunque uno tarde en pillarlo, hay que hacerles caso. Saben de lo que hablan.
Gracias, maestro.










Cuatro puntales sostienen la catedral del toreo,
cuatro torres andaluzas esculpidas por el genio.
Juan Belmonte, Joselito, Rafael Gallo Hechicero,
Y un manuel, Manuel Rodriguez “Manolete”, ¡Qué torero!,
Los cuatro grandes del toro, ¡Ay que pena de no verlos!
Cartel de feria exclusivo del empresario del cielo.
(Robado de Juanito Valderrama)
Para mi Paco Cepero es una de esas Torres Andaluzas esculpidas por el Genio ; Junto con Paco Manolo Sanlucar , y Sabicas