Siempre hay que tener una salida… para dejar atrás al niño de la bicicleta
Cuando la cuerda falla, el corazón tiene que sonar más fuerte
El día que mi guitarra decidió sabotearme
Corría el año 1993, y ahí estaba yo, subido al escenario del prestigioso Festival Internacional del Cante de las Minas, listo para comerme el mundo con mi guitarra y ganar el Bordón Minero. Todo iba de cine: la taranta sonaba potente, mi pulgar estaba dando caña en la cuarta cuerda como si fuera el jefe del cotarro… hasta que, ¡pum!, la cuerda dijo “adiós, mundo cruel” y se rompió a los 30 segundos. ¡Treinta! Es como si vas en un Ferrari, pisas a fondo, y de repente te adelanta un crío en una bici con rueditas, silbando y riéndose en tu cara.
El show debe continuar (aunque sea con una cuerda rebelde)
Con la cara a medio camino entre el pánico y el “esto no me puede estar pasando”, levanté la cuerda rota como si fuera la prueba de un crimen, y el público, entre risas y murmullos, no sabía si aplaudir o pedir palomitas. Menos mal que un cantaor, ángel caído del cielo, salió al quite improvisando como si llevara toda la vida preparándose para ese momento.
Yo, mientras, luchaba con la nueva cuerda, que, para colmo, parecía tener vida propia y se desafinaba cada dos por tres, como diciendo: “¿Quieres guerra? ¡Toma guerra!”. Diez minutos después, volví al escenario, con más rabia que técnica y el corazón a mil. Toqué como si me fuera la vida en ello, echándole duende, coraje y un poquito de mala leche, ¡vamos! como si me debiera dinero. Y, contra todo pronóstico, ¡zasca! Me llevé el primer premio. La prensa, para rematar la faena, soltó el titular del año: “Primer guitarrista que gana el Bordón Minero con una cuerda menos”.
El Niño Miguel, el rey de las tres cuerdas
Si mi aventura te parece una locura, agárrate, que viene la del Niño Miguel. Aquel genio llegó a ser conocido como el niño de las tres cuerdas, porque más de una vez tocó con dos o tres cuerdas y tan tranquilo. ¿Que la guitarra no estaba perfecta? ¡A él le daba igual! Con su compás, su aire y esa verdad que salía de sus manos hacía magia. Porque, al final, no se trata de tener seis cuerdas relucientes, sino de que una sola, tocada con desde tu corazón, haga vibrar hasta los huesos. Y de eso, el Niño Miguel iba sobrado.
La gran lección: siempre ten una salida
La vida, como el escenario, es impredecible. Por eso, siempre hay que tener una salida preparada: un plan B, un plan C, o incluso un plan Z para cuando todo se vaya al carajo. Tener opciones te da calma, y la calma te hace brillar, ya sea tocando una falseta o enfrentándote a un reto gordo.
Y si no hay plan, entonces toca sacar coraje, plantarse con seguridad y echar el corazón por delante. Porque que falle la cuerda no significa que el show se acabe.
El mantra final
“Si se rompe la cuerda, que no se rompa el alma… y aprieta, que el niño de la bicicleta no te adelante.”







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