Manolo de Huelva, el «Sherlock Holmes» de guitarristas infiltrados.
¡Ay, Manolo de Huelva! Ese genio de la guitarra que no solo tocaba como los ángeles, sino que también tenía un radar antidrones para guitarristas fisgones. Dicen que a Manolo era más difícil sacarle una falseta que un secreto a un monje de clausura. No dejaba que nadie se las copiara ni por equivocación.
Resulta que en una reunión privada, un jovencito con cara de «yo solo pasaba por aquí» se coló en el camerino para escuchar a Manolo. ¡Nada menos que Juan Habichuela antes de ser el gran Juan Habichuela. El muchacho se las daba de aficionado inocente, pero Manolo, que tenía el instinto de un sabueso flamenco, no se chupaba el dedo. Mientras tocaba, entre rasgueo y rasgueo, le echó un ojo al supuesto «fan» y… ¡zas! Notó algo sospechoso: ¡esas uñas largas y cuidadas que gritaban «soy tocaor» más alto que un tablao en sábado noche!
Sin decir ni «mú», Manolo, el «Sherlock Holmes» de guitarristas infiltrados, con la calma de un monje zen pero la puntería de un sheriff, cerró su guitarra como si fuera un maletín de espía secreto, se levantó y se largó. Imagínate la cara de Juan, que se quedó con las ganas de robarle una falseta y, probablemente, con las uñas recortadas para la próxima. ¡Manolo 1, fisgones 0!
Así era Manolo de Huelva: un artista con olfato de detective y un arte que protegía como si fuera el último gazpacho fresquito del verano. «Casi ná». ¡Qué grande, Manolo!





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