Media vida a solas con la guitarra
Las horas de estudio que nadie ve y que también forman parte de la música
Quienes hemos pasado la vida con la música conocemos una forma de soledad bastante concreta. Horas encerrados con el instrumento, dando vueltas al mismo pasaje, buscando un sonido que se nos escapa o intentando sacar algo que todavía no sabemos cómo decir. Desde fuera parece aislamiento. Para nosotros, casi siempre, es una soledad que elegimos.
Esa necesidad no es solo del guitarrista flamenco. La tiene cualquiera que quiera ir un poco más al fondo de lo que le importa. También ahí hacen falta ratos a solas: tiempo para probar, equivocarse y volver a empezar.
En mi caso ese espacio ha sido siempre una habitación y una guitarra. Allí no estoy del todo solo. Están el compás, los maestros que uno lleva dentro y todas las músicas que ha escuchado a lo largo de los años. Allí hablo conmigo, aunque no diga nada.
En esos momentos el tiempo desaparece. Ni nos damos cuenta de que hemos dejado el mundo un rato. Solo vuelve cuando soltamos la guitarra y miramos el reloj.
No siempre es fácil quedarse en ese silencio. El músico se acaba acostumbrando porque sabe que las ideas no llegan cuando uno quiere. Antes de encontrar una falseta que merezca la pena, una melodía o una forma propia de decir las cosas, hay que esperar, escuchar y fallar bastantes veces.
Esa soledad no significa que rechacemos a la gente. El flamenco necesita del cante, del baile, de las palmas, del encuentro. Pero antes de poder compartir algo que de verdad suene a uno, hay que haberlo buscado a solas.
Después de tantas horas con la guitarra, uno acaba entendiendo que esa soledad también forma parte de la música.





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