MacGyver en versión flamenca: mi radiocasete ninja del «72”
¡Ah, los gloriosos años 71-72! Época en la que aprender flamenca no era una app en tu móvil, sino una expedición al Polo Norte con un mapa dibujado en una servilleta.
Nada de computadoras mágicas que ralentizan una falseta con un “clic”. No, señor: todo a oído, con la imaginación de un náufrago en una isla desierta y un radiocasete que parecía salido de una excavación arqueológica.
Yo, un chaval de 14 años —básicamente, un duende con hormonas revueltas y dedos listillos—, soñaba con descifrar las falsetas de Paco de Lucía, Sabicas o Ramón Montoya. ¿Maestros? Ja, como si fueran unicornios: los veías en los carteles de las peñas, pero para tocar las falsetas de ellos tenías que vender un riñón.
Así que, ¿qué hice? Me convertí en el Indiana Jones del flamenco. Agarré mi radiocasete —ese ladrillo con cinta que pesaba más que mi conciencia— y lo arrastré hasta el técnico del barrio. Un tipo legendario, de esos que reparaban televisores con un destornillador y un rezo, y que olía a soldadura y a sueños frustrados de ser mago.
“Le pido, porfa, un potenciómetro”, le suelto, con cara de cachorro abandonado.
“¿Para qué, chiquillo?”, me dice, ajustándose las gafas como si fuera a operar un corazón.
“Para bajar la velocidad de la cinta, ¡como un metrónomo con resaca!”.
El hombre, que había visto de todo (desde radios que hablaban solas hasta tocadiscos que bailaban tango), me miró como si le pidiera un cohete a la luna. Pero instaló el dichoso cacharro: un knob giratorio que hacía que la música sonara como si la tocaran tortugas con resaca.
¡Éxito! O eso creí.
Tenía mi arsenal secreto: dos guitarras, como un dúo dinámico de superhéroes. Una afinada ‘normalita’, y la otra una octava más grave, con la voz de un abuelo contando chistes verdes. Al ralentizar la cinta… ¡zas! La grave clavaba el tono exacto. De repente podía oír cada nota que tocaba Paco, esas escalas que a velocidad normal eran un borrón. Y yo ahí, todo feliz, pensando: ‘¡Ay, Paco… ahora sí que te tengo a tiro!’Pero ay, amigos, el diablo está en los detalles… o en la correa de goma del motor. Cada diez minutos —¡diez! Ni para tomarte un café—, el aparatito se ponía a desafinarse como un cantante de karaoke después de tres copas. La correa se calentaba, se dilataba como un globo en una fiesta infantil, y de repente, lo que era una bulería sublime se convertía en un lamento fúnebre en mi bemol.
“¡Nooo! ¿Otra vez? ¡Afinación, maldita seas!”, gritaba yo, sudando como un pollo en una paella, mientras la cinta gemía como un gato pisao. Era como si el radiocasete me dijera: “Oye, chaval, aprende de una vez o búscate un hobby menos traumático, como coleccionar sellos”.
Hoy en día, ¡pum! Un clic en Spotify o en cualquier software, y ralentizas la falseta más rápido que yo me acabo un paquete de patatas. Todo es fácil, todo perfecto.
Pero en aquellos tiempos, aprender era un deporte extremo: paciencia de monje zen, creatividad de Picasso con resaca y un toque de masoquismo. Cada nota que sacabas era un trofeo, saboreada como un churro recién frito.
¿La lección? Que para dominar el flamenco (o la vida), no necesitas gadgets de lujo; basta con un fuego en las tripas y la terquedad de un mulo.
¡Ole, qué tiempos aquellos, cuando el potenciómetro era nuestro metrónomo… y nuestro peor enemigo!
Rafael Cañizares





Maestro, esta historia me la referiste en la mesa de la cocina de tu casa. con tu propia voz. leerla es revivir esos momentos maravillosos de amistad que me regalaste.
Ese primer curso intensivo que marco mis sueños como guitarrista flamenco. Quizás ya no me alcance la vida para siquiera tocar una buena sevillana; pero tu ejemplo nos da fuerza y gasolina para seguir escalando este Everest del flamenco . ya no miro el cerro en fotos; estoy parado en la falda de el ; y tu ejemplo me mueve a dar ese siguiente paso que aunque parece que el oxígeno no está ; si que esta porque nos das otro empujón para seguir aprendiendo de vos.
que historia más bella.
su alumno Luis M