Guitarra clandestina
Sobre aquello que aparece sin buscarlo… y que, sin hacer ruido, nos cambia algo por dentro.
Hay cosas que no desaparecen. Se quedan ahí, calladas pero vivas, esperando su momento… y, casi sin darte cuenta, un día aparece una guitarra clandestina.
Es de las que te entran por los poros, de las que sabes que podrían sonar hondo, de verdad.
Y entonces empiezan a surgir melodías nuevas, armonías que te encuentran antes de que tú las entiendas, y las manos vuelven solas a caminos que creías olvidados… y a otros nuevos, como si siempre hubieran estado ahí, esperando. El toque, poco a poco, empieza a decir de otra manera lo que llevaba tiempo guardado.
Llega, simplemente, a afinar lo que estaba en silencio, a colocar el compás donde siempre tuvo que estar, a devolverte a ese sitio donde todo encaja sin necesidad de explicarlo.
La guitarra clandestina no está hecha para el aplauso ni para el ruido, sino para esos momentos en los que una sola presencia basta para que todo cobre sentido. Y ahí, sin hacer ruido, todo encaja. La vida sigue su curso por fuera, las cosas siguen en su sitio… pero por dentro algo vuelve a sonar.
Abrazado al latido, con verdad, con fuego, y con esa certeza callada que no necesita explicarse, porque hay guitarras que sólo suenan cuando encuentran la presencia que las sostiene.




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