Enrique de Melchor (1950–2012): El alma en las cuerdas
Enrique de Melchor no solo tocaba la guitarra: la hacía vivir, reír, llorar. Hijo del legendario Melchor de Marchena, llevaba el flamenco en las venas y lo elevó a arte universal. Su toque, limpio como un amanecer y hondo como el quejío, dio alas a gigantes como Camarón, Morente, Menese o Mercé, mientras conquistaba escenarios como el Carnegie Hall o el Teatro Real. “La ternura en el cordaje”, lo llamó el crítico Manuel Martín Martín. Enrique era eso: técnica impecable, corazón desbordado y una humildad que hacía brillar a los demás.
1. De Marchena al mundo
Enrique Jiménez Ramírez nació en Marchena, Sevilla, en 1950 (¿el 4 de abril? ¿el 15 de julio? Las fechas bailan como su compás). Creció entre acordes flamencos, pero fue en Madrid, a los 12 años, donde la guitarra lo atrapó. Aprendió de su padre, de Eugenio Caracoles y de Agustín Cerreduela “El Nani”, forjando un estilo que unía raíz y elegancia. A los 15, Manolo Caracol lo subió al tablao Los Canasteros, y con Antonio Mairena grabó su primer disco, ganándose el respeto del maestro.
A los 18 años ya tenía en sus manos el Premio Nacional de la Cátedra de Flamencología de Jerez y el Castillete de Oro de La Unión. No era solo talento: era un prodigio que sonaba a leyenda.
2. Paco de Lucía, la chispa compartida
Fue en Los Canasteros donde Paco de Lucía descubrió a Enrique. Impresionado por su toque limpio y elegante, lo invitó a acompañarlo en giras por Europa, América y Japón. Juntos grabaron los fandangos Viejos Tiempos y compartieron más que música: risas, partidos de fútbol improvisados y la ilusión de abrir el flamenco al mundo. Aquella amistad marcó a Enrique para siempre y lo situó en el corazón de una generación dorada de guitarristas.
3. El corazón del cante
Enrique fue el alma detrás de los grandes cantaores. Su guitarra, precisa y cálida, era el eco perfecto para cualquier voz. Participó en más de 300 grabaciones, en tablaos como Los Canasteros y Torres Bermejas, en festivales y en discos que hicieron historia. Su toque sabía sostener, embellecer y nunca opacar.
Maestros del cante jondo
- Antonio Mairena: En 1967, un Enrique de 17 años grabó con él. Su toque sobrio respetaba la solemnidad del patriarca, que lo convirtió en guitarrista predilecto.
- Fosforito: En Torres Bermejas y grabaciones de los 70, su guitarra daba firmeza a los cantes de Levante.
- La Perla de Cádiz: En Los Canasteros, Enrique acompañó su cante alegre y gitano con falsetas cristalinas.
- Romerito de Jerez: En los inicios del tablao, su toque ya apuntaba a maestría.
- María Vargas: En sesiones tempranas, su guitarra evocaba la fuerza gitana y el eco de su padre.
- Chano Lobato: En los 70, le dio brillo rítmico a su compás gaditano.
Renovadores con alma gitana
- Camarón de la Isla: En los 70 en Torres Bermejas, Enrique sostuvo con su toque limpio los primeros pasos del genio de La Isla.
- El Lebrijano: En Persecución (1975), junto a Pedro Peña, arropó la fusión gitana y andalusí que marcó época.
- Fernanda y Bernarda de Utrera: En los 80, realzó su fuerza ancestral con falsetas delicadas.
- Enrique Morente: Cómplice en discos y giras, su guitarra abrazó tanto las soleares clásicas como los experimentos más arriesgados.
- Juan Villar: En los 80, su toque dio compás y apoyo rítmico impecable.
- La Tita de Marchena: En encuentros familiares, Enrique volvió a las raíces de su infancia.
Voces que rompían moldes
- José Menese: Su inseparable. Desde Renuevos de cantes viejos (1970) hasta La Puerta de Ronda (1987) y el Teatro Albéniz (1995), Enrique fue su sombra, elevando su solemnidad a lo místico.
- José Mercé: En los 80 y 90, cuando Mercé se convirtió en fenómeno, la guitarra de Enrique dio profundidad a su cante melódico.
- Carmen Linares: En discos como Cantaora (1988), su toque elegante realzó la expresividad de la reina del cante femenino.
- Pansequito: En bulerías, Enrique fue un torbellino controlado que dio chispa a sus cantes.
- Vicente Soto «Sordera»: En La noche y el día (1991), unió la fuerza jerezana de Soto con su delicadeza.
- Guadiana: En Sonakai (2012), su último disco de acompañamiento, la guitarra de Enrique fue faro.
Cruces con otros mundos
- Rocío Jurado: En los 70 y 80, Enrique adaptó su toque al dramatismo de La Más Grande.
- Chiquetete: En su etapa pop-flamenca, le dio un color gitano.
- El Fary: En discos de los 70, aportó sabor flamenco a su rumba castiza.
- María Jiménez: En grabaciones llenas de garra, su toque fue emotivo.
- La Marelu: En sesiones recientes, su guitarra aportó frescura.
- Manolo Caracol: A los 15 años, debutó con él en Los Canasteros, un bautismo inolvidable.
- Montserrat Caballé y José Carreras: En el Liceo y en una gala de la ONU con la Orquesta Nacional de España(acto de gran repercusión en Madrid), Enrique llevó el flamenco a la órbita de la música clásica.
Mi recuerdo personal
Entre 1975 y 1980 compartí escenario con Enrique de Melchor en algunos festivales flamencos, especialmente cuando él acompañaba a José Menese y yo a Manuel Gerena. Era una persona noble, humilde y un referente absoluto tanto en el acompañamiento como en la guitarra de concierto. La última vez que charlamos fue en el Tablao Los Tarantas, en la Plaza Real de Barcelona. Poco después, desgraciadamente, fallecería.
4. El concertista universal
En los 90, Enrique brilló como concertista y compositor, llevando su guitarra al Teatro Real de Madrid, el Liceo de Barcelona, el Queen Elizabeth Hall de Londres y el Carnegie Hall de Nueva York. En Madrid, además del Teatro Real, participó en actos institucionales y galas —incluida la citada gala de la ONU junto a la Orquesta Nacional de España, Montserrat Caballé y José Carreras— que subrayaron su proyección internacional. También formó un trío con Tomatito y Manzanita que encendió escenarios, abriendo el flamenco a nuevos públicos.
Su estilo era un milagro: la raíz gitana de su padre, la escuela de Caño Roto y un alma propia. Dominaba picado, arpegios, falsetas y afinaciones especiales, haciendo hablar a todos los palos. Era moderno sin traicionar las raíces, siempre con el corazón por delante.
5. Un carácter cercano
Sevillista hasta el tuétano, Enrique era pura cercanía. En Amán (1995), un “¡Viva el Betis manque pierda!” le arrancó una broma: «¡No lo digas en España, que no te creen!». En La Rábida (2000), un aficionado le gritó: «¡Enrique, tú sí que sabes de cante!».
Su guitarra predilecta fue una Faustino Conde de 1969 heredada de su padre. Y sus palabras siguen resonando como verdades flamencas:
- «La guitarra es corazón y técnica, pero sin alma no es nada».
- «Evolucionar es sumar, no romper».
- «Dos notas con verdad valen más que un torbellino sin sentido».
6. La obra y el legado
Su discografía es un tesoro: La guitarra flamenca de Enrique de Melchor (1977), Sugerencias (1983), Bajo la luna(1988), La noche y el día (1991, con Menese, Mercé y Soto), Cuchichí (1992), Herencia Gitana (1996, con partituras de Alain Faucher), Arco de las Rosas (1999), Raíz Flamenca (2005) y Antología (2012).







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