El Chocolate
Era una de esas noches que tuvieron lugar en el Festival de Herrera (Sevilla), y ahí estábamos, Antonio Núñez «El Chocolate», su esposa Rosa Montoya, hermana del gran Farruco y yo, charlando antes de que le tocara subir al escenario.
Esa noche, el protagonista era el Chocolate y su inseparable vaso de plástico lleno de JB, sin agua ni hielo, como buen valiente.
Yo veía cómo Antonio le daba al vaso y no paraba, y le decía: «Antonio, como sigas así, te vas a agarrar una buena«, pero él, con esa risa que se le escapaba, seguía a lo suyo, como si el JB fuera agua bendita. Y vaya si se agarró una merluza de campeonato. La disimulaba, claro, como un maestro, pero se le veía el punto.
El momento de la verdad llegó cuando tenía que salir al escenario. Ahí estábamos Antonio Carrión y yo, cada uno de un brazo, ayudándolo a subir las escaleras, porque el pobre apenas podía. Pero una vez arriba, ¡vaya cambio! Empezó a cantar como si nada, todo un profesional, hasta que llegó a los fandangos, pero en el tercero se quedó en blanco. Antonio Carrión, que tenía el repertorio memorizado hasta mejor que él, trataba de echarle una mano, pero Antonio, cabezota como pocos, se emperró en que quería cantar la copla que se le había olvidado. Le gritaban desde el público: «¡Déjala, Antonio, canta cualquiera, que todas son buenas!», pero él, terco como una mula, respondía: «¡Que no, que tiene que ser esa; que no me voy de aquí hasta que no me acuerde!»
Y ahí estuvo, un rato largo, concentrado como si estuviera resolviendo un acertijo de esos imposibles. Finalmente, se acordó de la letra y la cantó como los ángeles. Así era el maestro: hasta con una buena borrachera encima, sacaba el arte a relucir. ¡Eso sí que es tener duende!
Recreación de la anécdota contada por Manuel Bohórquez




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