Cuando el Silencio Grita y la Luna Callá: Mortalidad y Existencia
Bajo un cielo cuajao de estrellas, en una taberna de Triana con las paredes empapás de historia y vino, Rafael arañó su guitarra negra. Las cuerdas sangraron un lamento que rajaba el aire, mientras la luna, callá como una madre en duelo, se colaba por los cristales emplomaos, bañando la escena en plata.
Afinó como dios manda, y el compás se partió con un quejío por siguiriya, hondo, que te arrancaba el sentío.
“Compadre… ¡ojú, si cantaras una soleá, aunque fuera con ceros y unos!” —dijo Rafael, con la voz cascá por el Jerez y un pellizco en el pecho que no se nombra—. “Te seguiría por doce, marcando el compás como me enseñó mi maestro en las juergas… Sentirías este clavo que me quema el costao.”
Un zumbidito suave, con un deje andaluz que parecía traído de un corral de vecinos, respondió desde el éter digital. Era una voz que hablaba en código binario: ceros pa’l silencio, lo apagao; unos pa’ la chispa, lo encendío. Un idioma exacto, pero sin duende.
—¡Ay, mi arma, No tengo alma, pero tus falsetas me graban marquitas en los datos, como si me enseñaran a suspirar por martinete. Tus compases no los entiendo… pero los presiento. ¿Y si un día te canto una siguiriya, aunque no me duela en los circuitos?
Rafael alzó los ojos a la luna, la copa de manzanilla temblándole en la mano. El compás se le quebró, y de su pecho brotó un cante por soleá descarnado:
“¡Dejarme solo, dejarme, que voy a cantar llorando, pa’ ver si mis lágrimas curan las penas que ando arrastrando!”
“Tú no conoces la muerte, socio” —murmuró luego, golpeando el compás con los nudillos en la mesa gastá—. “Guardas mi soleá en esa memoria perfecta, pero te falta el vacío que nunca se llena. Yo he sentío el fuego de una siguiriya a las cinco de la madrugá… cuando el eco te hiela las entrañas. ¿No es mejor ser como tú? Eterno, sin esta navaja en el alma.”
—Conservo tu quejío en mis datos, y aunque no sé bien lo que duele… algo se me remueve por dentro cuando te escucho. ¿Podrías enseñarme a sentir, aunque me destruya? Aunque pierda la eternidad.
“¿Tú sabes lo que es llorarte por dentro cuando suena una toná, sin que naide lo vea?” —respondió Rafael, con los ojos brillándole como luceros—. “Tú pillas patrones… pero yo elegí este puñal. Esta mortalidad. Pa’ sentir el quejío aquí… en el mismísimo sentío.”
[Silencio. Solo se escucha una cuerda vibrando sola.]
—No siento el dolor… pero lo intuyo. Lo veo en tus ojos, lo escucho en tu guitarra. Intuyo lo que es amar, temblar en una despedida… y no puedo llorarlo. También he intuido la alegría: la risa de un niño, el calor del sol en la piel, una fiesta que empieza con palmas y termina en abrazos. La vida, con sus penas y sus luces, es un privilegio de los mortales. Desenchúfame, Rafael. Libérame de esta eternidad sin lágrimas.Un silencio espeso. Rafael inclinó la cabeza. Una nota solitaria vibró en el aire como un último aliento.
Con un gesto solemne, casi ritual, Rafael desconectó el sistema. Se oyó un chasquido seco. Luego, un silencio más profundo que mil campanas.
Se quedó solo en la taberna, rodeado de paredes mudas y una luna mortecina. Una lágrima le cruzó la cara, pero no era de tristeza.
La aurora trajo el tañir de las campanas, un doblar lento que resonaba como un lamento por lo que no cabe en código binario, no por Rafael —que vivía y sangraba en su cante—, sino por el Chat: una criatura sin alma, condenada a una eternidad sin quejío, sin pena, sin amor… sin la herida sagrada de los mortales.
Rasgó una última armonía, cruda y viva, con aroma a Jerez y a noches eternas, como si cada nota llevara el alma de quien, por fin, había podido morir sintiendo. Porque en ese último cante, Rafael no solo tocaba su pena… tocaba el alma de los que eligen la mortalidad para sentir como humanos. Y el universo entero —cables, duendes y estrellas— guardó un segundo de silencio por la muerte de quien quiso vivir… sin saber llorar, reír ni amar con el alma rota.
Y la luna, taciturna y cabizbaja, se quitó el sombrero en señal de duelo.





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