Pepe Habichuela: una guitarra con raíz

Introducción

José Antonio Carmona Carmona (Granada, 1944 – Madrid, 4 de agosto de 2026)

De las cuevas del Sacromonte a Enrique Morente, de la escuela del acompañamiento a los encuentros con el jazz y la música de la India, Pepe Habichuela representa una manera de hacer avanzar la guitarra flamenca sin desprenderse de su memoria.

La muerte de Pepe Habichuela nos obliga a hablar de su ausencia, pero sería injusto reducir más de seis décadas de vida artística a una despedida. Su guitarra pertenece a un periodo extraordinario del instrumento, una generación que recibió directamente la enseñanza de los grandes maestros anteriores y que llevó la sonanta hacia territorios que hasta entonces apenas había transitado.

Pepe hizo ese recorrido de una manera muy suya. Aprendió el flamenco en la familia, en las cuevas del Sacromonte, acompañando al cante y al baile y, más tarde, en los tablaos de Madrid. Desde allí llegó a Enrique Morente, a la guitarra de concierto, a Nuevos Medios y al encuentro con músicos procedentes del jazz y de la India.

Entre un extremo y otro no dejó atrás la guitarra que había recibido. La ensanchó.

Una guitarra que venía de familia

José Antonio Carmona Carmona nació en Granada en 1944 dentro de una de las grandes familias guitarrísticas de la ciudad. Era nieto de Habichuela el Viejo, hijo de Tío José Habichuela y hermano de Juan, Luis y Carlos Habichuela.

Los cuatro hermanos acabarían formando parte de la historia de la guitarra flamenca. La transmisión continuaría después con otra generación: su hijo Josemi Carmona y sus sobrinos Antonio y Juan Carmona llevarían aquella herencia hacia el mundo musical de Ketama.

Pero antes de todo aquello estuvo la casa.

En una familia flamenca no se aprenden solamente falsetas. Se aprende escuchando. Se reconoce dónde pesa el compás, cómo respira un cantaor, cuándo hay que entrar y cuándo conviene dejar sitio. Se aprende observando a los mayores, muchas veces antes de que alguien sea capaz de explicar con palabras lo que está ocurriendo.

Esa fue la primera escuela de Pepe.

El Sacromonte: aprender tocando

La siguiente estuvo en las cuevas del Sacromonte.

El propio Pepe recordaba que empezó a salir a tocar allí con trece años. Era una escuela práctica y exigente: guitarra, cante, palmas y baile compartiendo un mismo espacio y un muchacho que tenía que aprender a hacerse escuchar y, al mismo tiempo, sostener lo que sucedía a su alrededor.

Años después relacionaría la fuerza de su rasgueo con aquellos comienzos.

El detalle ayuda a comprender algo importante: el sonido de un guitarrista no nace solamente de una búsqueda estética. A veces nace de una necesidad. Había que acompañar el baile, responder al cante, atravesar las palmas y mantener el compás.

A esa formación se sumó la influencia de guitarristas anteriores, entre ellos Sabicas y Mario Escudero. Pero su verdadera escuela siguió siendo tocar.

Muchas horas.Muchos cantaores.Muchas situaciones diferentes.El oficio se adquiría con la guitarra en las manos.

Madrid y la gran escuela del acompañamiento

Su hermano Juan había llegado antes a Madrid. Pepe recordaba que tuvo la oportunidad de ocupar su lugar en el tablao cuando Juan marchó a Nueva York. Las fuentes institucionales sitúan el establecimiento de Pepe en la capital en 1964, y Torres Bermejas aparece como uno de los lugares fundamentales de aquella primera etapa.

Madrid concentraba entonces una parte extraordinaria del flamenco profesional. Los tablaos reunían a artistas procedentes de escuelas, generaciones y maneras de entender el cante muy distintas.

Pepe coincidió allí con un Camarón de la Isla también muy joven y acompañó a nombres como Juanito Valderrama y Pepe Marchena. Después llegarían Fosforito, Pansequito, El Cabrero, Manuel Gerena, Carmen Linares y muchos otros.

La investigación discográfica realizada por José Manuel Gamboa para Pepe Habichuela con Amparo Bengala y Josemi Carmona. Now or Never registra más de 120 grabaciones en las que participó.

Pero el número, siendo impresionante, importa menos que lo que significaron tantas horas acompañando.

Cada cantaor obliga al guitarrista a escuchar de otra manera. No respira igual una voz que otra. No todos esperan la misma respuesta de la guitarra ni todos entienden el tiempo de igual manera.

Ese fue uno de los grandes aprendizajes de Pepe Habichuela.

La guitarra al servicio del cante

Acompañar bien no consiste en conocer una serie de acordes para cada palo. Tampoco en esperar a que termine el cantaor para colocar una falseta.

Hay que conocer el cante.

Hay que intuir hacia dónde se dirige una frase sin adelantarse demasiado, sostener el compás cuando la voz se toma sus libertades, reconocer una llamada y saber cuándo la guitarra debe responder y cuándo debe permanecer quieta.

El acompañante tiene que estar presente sin reclamar continuamente la atención.

La guitarra de Pepe se formó durante años en esa responsabilidad. Y esto es fundamental para entender todo lo que hizo después.

Cuando empezó a tocar como solista, aquella experiencia no desapareció. Tampoco desapareció cuando se sentó frente a músicos procedentes de otras tradiciones.

El acompañamiento permaneció dentro de su guitarra.

Enrique Morente: tradición y libertad

Entre todos aquellos encuentros hubo uno decisivo: Enrique Morente.

Los dos venían de Granada, pero lo que los unió musicalmente fue mucho más profundo que la procedencia.

El propio Pepe hablaba de treinta años tocando con Enrique, recorriendo escenarios y compartiendo una relación artística y personal de enorme intensidad. Recordaba a Morente como un estudioso del cante, un hombre lleno de ideas y dispuesto a asumir riesgos cuando el flamenco todavía encontraba resistencias fuera de sus espacios habituales.

Pepe estaba a su lado.

En 1977 aparecieron Homenaje a D. Antonio Chacón y Despegando, dos trabajos fundamentales para comprender aquella relación.

Los títulos parecen señalar dos direcciones distintas. En uno está la mirada hacia una figura esencial de la historia del cante; en el otro, la voluntad de avanzar.

Pero no había contradicción.

Precisamente porque conocían aquello que tenían detrás podían buscar lo que todavía no estaba delante.

La guitarra de Pepe no se limitaba a colocar acordes debajo de la voz. Participaba en la construcción del ambiente, respondía al cantaor, coloreaba armónicamente la frase y sabía utilizar también el silencio.

Era una conversación.

Y aquella conversación continuó durante años. Otro trabajo importante, Negra, si tú supieras, vuelve a mostrar esa complicidad entre cantaor y guitarrista.

Mucho después, la historia tuvo una hermosa continuación. Pepe comenzó a tocar también con Kiki Morente, hijo de Enrique, y en 2020 presentó Habichuela Morente, un encuentro entre nuevas generaciones de dos familias que habían compartido una parte fundamental de la historia reciente del flamenco.

La relación entre Pepe y Enrique no quedó encerrada en unos discos.

También se transmitió.

Camarón y aquel Madrid flamenco

Camarón pertenece al mismo paisaje profesional.

Pepe coincidió con él en Madrid y está documentado que lo acompañó. Conviene, sin embargo, no convertir retrospectivamente esa relación en algo diferente de lo que las fuentes permiten demostrar.

Con Morente existe una trayectoria compartida prolongada y una obra conjunta perfectamente reconocible. Con Camarón podemos afirmar que compartieron aquel mundo profesional madrileño y que Pepe estuvo entre los guitarristas que lo acompañaron.

No necesitamos exagerarlo.

El dato ya nos permite imaginar lo extraordinario de aquellos años: músicos que después ocuparían lugares fundamentales en la historia del flamenco trabajando juntos en los mismos tablaos cuando todavía estaban construyendo su camino.

Cuando la guitarra toma la palabra

Pepe tardó en grabar como solista.

En 1983 apareció A Mandeli, su primer disco propio y el primer álbum flamenco grabado por Nuevos Medios.

Mario Pacheco estaba creando alrededor del sello un espacio que resultaría fundamental para una generación de músicos. Pepe siempre habló de él con afecto y reconoció el riesgo que asumió apoyando a jóvenes flamencos cuando aquello no era necesariamente una apuesta comercial segura.

A Mandeli significó poner en primer plano una guitarra que llevaba muchos años viviendo junto al cante.

Y aquello se escuchaba.

El paso a solista no significó abandonar lo aprendido acompañando. Seguían allí la respiración, el compás, el rasgueo y una manera de construir las frases que no necesitaba llenar permanentemente todos los espacios.

Después llegarían otros trabajos.Habichuela en rama, en 1997, mostró especialmente bien la continuidad familiar. Allí estaba también Josemi y aparecía una guitarra que miraba hacia la siguiente generación sin dejar de reconocerse en la anterior.

Entre las piezas de aquel disco, Amanecer merece una escucha particular por el tratamiento de la seguiriya. La obra ha sido señalada por especialistas como ejemplo de la capacidad de Pepe para recuperar un aire antiguo y, desde él, proyectar una manera nueva de entender el toque. Esta apreciación pertenece al terreno del análisis musical y conviene escucharla como tal, no como una etiqueta histórica cerrada.

¿Qué escuchamos cuando toca Pepe Habichuela?

Esta es quizá la pregunta más importante.

Pepe Habichuela empezó a tocarla en las cuevas del barrio granadino de Sacromonte

Una biografía de un guitarrista no puede quedarse en dónde nació, con quién trabajó o qué discos grabó. Al final hay que volver al sonido.

Quienes lo conocieron musicalmente destacan una cualidad que aparece una y otra vez: la pulsación.

José Manuel Gamboa ha hablado de una pulsación precisa, clara y contundente. Otros guitarristas y estudiosos han insistido en la eficacia de su mano y en esos rasgueos que se reconocían inmediatamente como suyos.

Pero reducir su personalidad a la fuerza sería equivocarse.

En Pepe hay peso en el rasgueo, pero también intención. Hay compás y hay soniquete. Y hay algo que procede de haber pasado media vida acompañando: espacio.

Un guitarrista que ha acompañado mucho sabe que el silencio también toca.

Sabe que una respuesta demasiado rápida puede cerrar una frase que todavía necesita respirar. Sabe que el compás no consiste solamente en marcar acentos: es una manera de organizar el tiempo para que quien canta pueda apoyarse en él.

Y sobre esa base Pepe desarrolló una considerable libertad armónica.

Él mismo explicaba que podía incorporar a determinados estilos posiciones procedentes de otros toques siempre que aquello continuara sonando inequívocamente al palo que estaba interpretando.

Ahí hay una lección importante.

Cambiar un acorde es fácil. Lo difícil es cambiar el color armónico sin que una soleá deje de sentirse soleá o unos tientos pierdan su aire.

Para hacer eso hay que conocer dónde está la identidad de una música más allá de las posiciones de la mano izquierda.

Pepe lo explicaba también de otra manera: antes de innovar había que estudiar a los antiguos y conocer bien los palos.

Su modernidad no tuvo forma de ruptura. Nació del conocimiento.

Nació del conocimiento.

«La Palillos»

Entre las guitarras que pasaron por sus manos hubo una especialmente querida.

La llamaba «La Palillos».

Era una guitarra de clavijas de madera que llevaba tocando desde los años setenta. Había viajado con él por Europa, Japón y la India y había estado presente en grabaciones y conciertos.

Pepe comparaba las guitarras con el vino: sentía que los años y el uso podían darles una especie de solera.

Es un detalle pequeño dentro de una vida tan larga, pero dice mucho de la relación entre un guitarrista y su instrumento.

Una guitarra termina guardando horas de estudio, viajes, escenarios, personas, noches buenas y noches difíciles. Llega un momento en que el músico conoce la madera y la madera parece conocer al músico.

Aquella era la suya.

De los Habichuela a Ketama

Pepe Habichuela y Ketama en el balcón del Ayuntamiento de Pamplona.
AYUNTAMIENTO DE PAMPLONA (Europa press)

La transmisión familiar volvió a aparecer con fuerza en la siguiente generación.

Pepe recordaba a Josemi intentando tocar desde los cinco años, cuando sus dedos apenas alcanzaban una guitarra normal y hubo que buscarle un instrumento pequeño.

Años después, Josemi y sus primos Antonio y Juan Carmona formarían Ketama.

Pepe contó también cómo habló de aquellos jóvenes a Mario Pacheco para que los escuchara. No significa que Pepe «creara» Ketama; ellos tuvieron que construir su propia música. Pero el episodio muestra perfectamente el papel que desempeñó como puente entre generaciones.

Había recibido una tradición y no quería que los jóvenes se limitaran a repetirla.

Quería que la conocieran.

Y después, que encontraran su camino.

Josemi lo explicó de una manera especialmente clara durante la presentación en 2026 del libro Now or Never: su padre y Enrique Morente habían abierto puertas musicales para la generación que venía detrás.

Ahí está una parte fundamental del magisterio de Pepe.

Cuando la guitarra conversa con otras músicas

Su curiosidad no terminó en el flamenco.

Pepe tocó con Don Cherry. Recordaba que el trompetista llegó hasta él a través de Mario Pacheco y que juntos tocaron fandangos de Huelva y bulerías. La experiencia quedó registrada en televisión, aunque no llegó a convertirse en disco.

Después llegarían otros encuentros.

En 2001, Yerbagüena desarrolló un diálogo con músicos de la India y The Bollywood Strings. Años después esa relación con el país continuaría sobre los escenarios.

Y en 2010 apareció Hands, junto al extraordinario contrabajista Dave Holland.

También participó en proyectos como Los Imposibles, junto al universo musical de Christina Pluhar y L’Arpeggiata.

Podemos llamar a estas experiencias «fusión», pero la palabra explica muy poco.

Juntar instrumentos de procedencias distintas no garantiza que haya conversación.

Lo interesante es desde dónde llegaba Pepe a esos encuentros.

No pretendía convertirse en músico de jazz ni de la India. Su punto de partida seguía siendo flamenco. Él mismo insistía en que para experimentar había que conocer primero el lenguaje propio.

Precisamente porque sabía quién era podía escuchar al otro.

Y aquí volvemos, una vez más, al acompañamiento.

Quien ha pasado una vida escuchando cantaores aprende que tocar con otro comienza por escuchar.

Frente a Dave Holland cambiaban el vocabulario y las reglas de la conversación.

La actitud permanecía.

El maestro

La palabra maestro se utiliza demasiado.

No debería depender únicamente de la edad, de los premios o del respeto que despierte un nombre.

En Pepe tiene sentido por otra razón: la transmisión.

Primero está la familiar. Lo que recibió de los Habichuela y lo que después pasó a Josemi, a sus sobrinos y a quienes crecieron musicalmente alrededor de aquella casa.

Pero su magisterio fue más allá de la sangre.

En las entrevistas de sus últimos años hablaba con entusiasmo de los jóvenes. No los miraba desde la distancia del veterano que considera que todo tiempo pasado fue mejor. Escuchaba lo que estaban haciendo y seguía aprendiendo de ellos, pero insistía en algo: había que estudiar a los antiguos.

Ese equilibrio resume bastante bien su manera de entender el flamenco.

Conocer para poder avanzar.

Y su trayectoria demuestra además algo que para un guitarrista resulta especialmente importante: el acompañamiento no es una etapa inferior antes de llegar al concierto.

Puede ser una de las formas más profundas de formación musical.

Pepe llegó a conversar con músicos de culturas muy diferentes después de haber aprendido a ponerse al servicio del cante.

No son dos partes contradictorias de su historia.

Una explica la otra.

Volver a Yesqueros

En los últimos años Pepe volvió también hacia el principio.

Yesqueros, espectáculo presentado en 2024, recuperaba el nombre de la placeta granadina vinculada a la infancia de los Habichuela y a aquellos primeros años compartidos con sus hermanos.

Después de tantos viajes, tantos escenarios y tantos encuentros musicales, aquella mirada hacia Yesqueros tenía algo de círculo que se cierra.

No significaba regresar al pasado para quedarse allí.

Era reconocer de dónde había salido todo.

Los reconocimientos y los últimos años

Los reconocimientos institucionales se multiplicaron en la última parte de su vida.

En 2017 celebró en el Circo Price de Madrid seis décadas dedicadas a la guitarra. En 2018 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y el Premio de Música del Instituto de Cultura Gitana.

En 2024 los Premios Internacionales del Flamenco Manolo Sanlúcar reconocieron su trayectoria en la categoría de guitarra.

Desde el verano de ese año una enfermedad fue apartándolo de los escenarios. Durante 2025 recibió distintos homenajes, entre ellos los celebrados en las Noches del Botánico de Madrid y Flamenco On Fire, además del Castillete de Oro del Festival Internacional del Cante de las Minas.

Y todavía hubo tiempo para algo especialmente importante.

José Manuel Gamboa reunió la memoria de Pepe, de su mujer Amparo Bengala y de su hijo Josemi Carmona en Pepe Habichuela con Amparo Bengala y Josemi Carmona. Now or Never, una extensa biografía construida también desde las voces de la propia familia. El libro apareció en 2025 y Pepe pudo participar todavía en sus presentaciones públicas. En abril de 2026 acudió en Madrid, acompañado de Amparo y Josemi, a una de ellas.

En febrero de ese mismo año había recibido la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, dentro del reconocimiento institucional al pueblo gitano.

Pepe Habichuela murió en Madrid el 4 de agosto de 2026.

Lo que queda en la guitarra

Para comprender su legado quizá lo mejor sea escucharlo siguiendo el camino que él mismo recorrió.

Primero al acompañante.

Volver a Morente y observar qué hace la guitarra alrededor de la voz. Escuchar dónde entra y, sobre todo, dónde no entra. Sentir el peso del compás, los rasgueos, la pulsación y la manera de colocar la armonía.

Después escuchar A Mandeli y comprobar qué sucede cuando aquella guitarra ocupa el primer plano.

Habichuela en rama permite acercarse a la transmisión entre generaciones.

Yerbagüena y Hands muestran hasta dónde podía abrirse aquel lenguaje cuando encontraba otros interlocutores.

El recorrido parece enorme: Granada, el Sacromonte, Madrid, los tablaos, Morente, la guitarra solista, Nuevos Medios, Ketama, la India, el jazz.

Pero el hilo no se rompe.

Pepe Habichuela recibió una guitarra cargada de memoria familiar, de cante, de compás y de oficio. No la conservó encerrada. La puso a trabajar en su tiempo, dejó que se encontrara con otros músicos y otros sonidos y la entregó a las generaciones siguientes transformada por toda esa experiencia.

Ahí se encuentra, para mí, su verdadera condición de puente.

No entre un flamenco viejo y otro nuevo, como si uno tuviera que sustituir al otro, sino entre generaciones que pueden reconocerse dentro de una misma música.

La guitarra que Pepe Habichuela dejó no era exactamente la misma que había recibido.

Seguía teniendo raíz.

Pero había aprendido a mirar mucho más lejos.

En paz descanse, Maestro

Haz clic en la imagen para escuchar la Flashmencoteca de Pepe Habichuela

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