Agujetas y las bombas de los americanos
La vida y el arte de Manuel Agujetas eran como su cante: áspero, profundo y lleno de verdades desnudas. Conocido por su carácter peculiar, Agujetas no tenía filtro, y eso lo hacía único. Una de esas anécdotas que circulan como leyendas entre los amantes del flamenco tiene como escenario la Peña El Laurel, en Lora del Río, Sevilla.
El motivo de mi visita era claro: escuchar el cante de Agujetas. Aunque ya lo había disfrutado en festivales y teatros, nunca había tenido el privilegio de cruzar palabras con él. Llegué acompañado de un amigo, y tras un rato, alguien tuvo la amabilidad de presentarnos. Agujetas, sin dejar de ser él mismo, disparó sin miramientos:
—¿Tú eres ese que tanto defiende a Morente? Pues os tenían que majar a los dos.
Así, de entrada, sin anestesia. Pero lejos de incomodarme, lo tomé con humor. Sabía que Agujetas era un hombre directo, quizás demasiado, pero también sincero hasta los huesos. Ese era su sello, tanto en el cante como en la vida.
La noche avanzó, y su voz rasgada y profunda llenó el aire. No podía ocultar mi emoción ante su arte, y parece que él tampoco pudo ignorarlo. Al terminar su actuación, se acercó a mí, y con un tono algo más amistoso, dijo:
—Tú y yo nos vamos a llevá bien a última hora. Mira, escucha lo que te voy a proponé. Te vas a vení un día a mi rancho de Rota, que te voy a guisá dos o tres pollos de campo, de los de engorde. Pero espérate a que acabe la Guerra del Golfo, que los cafres esos son capaces de tirarnos una bomba en la olla.
Esa mezcla de humor negro y realidad aplastante era pura esencia de Agujetas. En Rota, con su importante base americana, las bombas no eran una metáfora lejana. Pero lo que quedó claro era su hospitalidad, envuelta en esa forma tan única de entender el mundo.
Manuel Agujetas no era solo un cantaor, era un personaje. Y entre una amenaza amistosa y una invitación a comer pollos de campo, dejó claro que, en su universo, todo era tan crudo como verdadero. Así era su arte y así era su vida: sin adornos, sin concesiones, puro como el cante jondo.
Quizás algún día acepte la invitación, aunque con las bombas americanas de por medio, nunca se sabe.




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